domingo, 20 de febrero de 2011

Life, Loss, Leaving

Hoy hace exactamente dos meses que volví a pisar suelo español. Creo que ya va siendo hora de que cuente el último capítulo de ese cuento al que todavía no sé qué nombre ponerle.

El autobús salió de Alfred casi vacío, por lo que teníamos asiento doble para dormir. Pero esto no duró todo el viaje. Paramos en Binghamton (más o menos a mitad del camino) y tuvimos que cambiar de autobús. Este estaba llenito, tanto que casi nos quedamos sin sitio. Llegamos a Nueva York pasadas las 3 de la tarde. Cargados a más no poder salimos de Port Authority Bus Terminal. Ahí estábamos de nuevo, en medio de la ciudad que nunca duerme (o eso dicen).

Viendo el panorama, decidimos coger un taxi que nos llevara al hotel (y menos mal que lo hicimos, porque si no aún me estaría quejando del pateo con las maletas). Esta vez estaba en la Calle 28 con la 5.ª Avenida, es decir, bastante bien situado (desde la esquina de nuestra calle, a un lado se veía el Flatiron y al otro el Empire State). Llegamos, nos acomodamos en nuestra lujosa habitación con vistas a la pared del edificio de al lado (después de Las Vegas, el listón está muy alto), nos comimos algo de lo que habíamos prerarado la noche anterior con el que se supone que era el último programa de Oprah Winfrey de fondo, y nos fuimos a recorrer la quinta.

Primero fuimos a la NBA Store. Después nos pasamos por Rockefeller Plaza. Ahora sí que sí. Estaba de estampa navideña: pista de patinaje y árbol. Ya podemos decir que hemos visto la plaza en todas sus etapas. Volvimos al hotel, dejamos lo comprado y, portátiles en mano, nos fuimos a merendar a Starbucks. No teníamos internet en el hotel así que Starbucks era nuestra alternativa. Facebookeamos un poco, comprobamos que nuestros vuelos no estaban cancelados y nos volvimos al hotel.

Luego nos fuimos "al centro" otra vez. Dimos una vuelta por Times Square (de paso intentamos localizar la bola que baja en Nochevieja) y cenamos. Para rematar la noche, entramos a un Toys "R" Us gigante en el que hay una noria, un tiranosaurio rex que cuando se mueve parece que te está mirando y camiones y superhéroes por los aires. De ahí, a dormir, que el madrugón nos tenía agotados.

Al día siguiente, portátiles en mano de nuevo, nos fuimos a desayunar a Starbucks. Lo primero que hicimos fue comprobar que nuestros vuelos seguían on time. Nos asustamos un poco, porque los mismos vuelos que íbamos a coger nosotros pero del día anterior habían sido cancelados. Como no podíamos hacer nada al respecto, fuimos al hotel a dejar las cosas y nos pusimos manos a la obra para visitar lo que nos quedaba. Primero, fuimos a la ONU, a ver si podíamos hacer el tour que en agosto no hicimos. Tuvimos mala suerte y había pasado algo (estaban las banderas a media hasta) y no pudimos entrar. Pues nada, siguiente parada: estrella de John Lennon en Central Park. Allí nos encontramos a un par de españoles. Nos compramos un pretzel, dimos una vuelta por el parque y vimos el lago congelado. Luego nos fuimos a coger el metro para ir casi a la otra punta de la ciudad. Nos costó encontrarlo, pero al final dimos con el edificio de Friends.

Después, nos encaminamos a Times Square a comprar entradas para un musical. No pudo ser, incluso las más baratas se íban de nuestro presupuesto. Así que nada, nos fuimos a comer, que sí que entraba en el presupuesto. De ahí volvimos al hotel y, como nos pillaba de camino, entramos en The New York Public Library. Es enorme y como las que salen en la tele: de aspecto antiguo pero culto. Dimos una vuelta y nos hicimos el carné, por supuesto. Luego volvimos al hotel a por los portátiles y, sí, fuimos a merendar a Starbucks. Esta vez nos pasamos más tiempo mirando los vuelos, incluso estuvimos más de media hora mirando mapas del satélite meteosat (por un momento nos creímos meteorólogos y todo). Cuando nos tranquilizamos un poco, lo dejamos y una vez descargados nos fuimos a hacer compras guiris. Luego cenamos (última cena en en Wendy's) y volvimos al hotel a prepararlo todo para el día siguiente.


Nos levantamos pronto; repetimos el desayuno en Starbucks con revisión de vuelos incluída (seguían on time); volvimos al hotel; dejamos las maletas en la consigna (más bien en un rinconcito en recepción reservado para eso); fuimos a ver el Flatiron Building; nos hicimos un par de fotos frente al Empire State; hicimos las ultimísimas compras de souvenirs y volvimos al hotel. Cargamos las maletas y nos pusimos en marcha hacia el aeropuerto. Hicimos tres trasbordos (en uno de ellos casi nos vamos hacia donde no era). Vernos debía ser gracioso: dos personas con 5 maletas que se turnaban para subir y bajar escaleras; sobre todo cuando bajamos a un andén, nos dimos cuenta de que no era, desaparecimos y volvimos a aparecer en el de enfrente. Menos mal que teníamos tiempo.

Llegamos al aeropuerto, buscamos los mostradores de Aer Lingus y a hacer cola. Cuando nos deshicimos de las maletas, que pasaron por rayos X, comimos. De ahí hicimos la cola para pasar el control de seguridad. Nos vino justo. Menos mal que el embarque se retrasó un poco, aunque esto no nos venía muy bien, porque en Dublín solo teníamos una hora de escala. El vuelo no se hizo muy largo, eso de tener una pantallita con mando está muy bien. Acompañé el despegue con New York New York de Frank Sinatra, no podía faltar. Luego vi una peli (The Children Are All Right), jugué al solitario, escuché música, comí, dormí, aprendí geografía viendo el mapa del vuelo... Cuando estábamos sobrevolando Irlanda, nos anunciaron que no podíamos aterrizar aún, así que nos pusimos a dar vueltas por encima de la isla. Y nosotros cada vez con menos tiempo para coger el otro vuelo.

Al final, después de unas cuatro vueltas, aterrizamos. Juanan y yo, que estábamos a unas seis o siete filas de diferencia, nos hicimos señas de: ¡corre! Y así lo hicimos. No volveré a decir que el aeropuerto de Dublín es pequeño. Nos hicieron casi salir del aeropuerto para luego volver a entrar. Nos hicieron pasar otra vez por el control (aún no sé por qué, ya que acabábamos de salir de un avión). Y otra vez a correr a la puerta 200 y pico, porque no podía ser la 20, no, tenía que ser la 200 y pico (para vuestra información, correr por un aeropuerto con rampas con las converse bajas en "modo chancla" es muy incómodo, puedes llegar a perder una zapatilla y tener que hacer movimientos indescriptibles para recuperarla sin pararte).

Al final llegamos a la puerta de embarque y aún estaba abierta. Se ve que nos estaban esperando, porque nada más entrar en el avión, que estaba llenito, cerraron la puerta (y si no era así, a nosotros nos hacía ilusión pensarlo). Aún tardamos casi una hora en despegar, porque el aeropuerto estaba nevado y tuvieron que echarle anticongelante al avión. Pero bueno, lo importante era que en un par de horas estaríamos en España.

Llegamos a Barcelona sin problemas (había gente en el avión que llevaba cuatro días en Dublín porque su vuelo no salía). La verdad es que tuvimos suerte, porque nuestro vuelo fue el único que no cancelaron. Pero la suerte se nos acabó cuando fuimos a recoger las maletas. Se habían quedado en Dublín. Dimos nuestros datos y nos fuimos a coger el metro, ya nos las enviarían a casa. Cuando llegamos a Barcelona-Sants, nos reunimos con un amigo de Juanan, que se volvía a Sagunto ese mismo día. Fuimos a comer algo y a las dos volvimos a la estación, yo cogía el tren antes que mi compi. Nos despedimos y me subí al tren.

Algo había cambiado: la gente no hablaba en inglés; el menú estaba en español; el paisaje era distinto, sin carteles de ciervos saltarines. Ese tren no tenía billete de vuelta, ni me esperaba un coche alquilado para volver a Alfred. El cuento que había empezado 135 días antes estaba llegando a su última página.

sábado, 19 de febrero de 2011

Forever Alfred *

La última aventura que os conté fue nuestro paso por Las Vegas. Mucho tiempo ha pasado ya de eso y la verdad es que también muchas cosas, como es lógico. Para recapitular un poco, empezaré donde lo dejé, aunque no lo haré largo.

La semana después de nuestro viaje por la otra punta del país se acabaron las clases. Y la segunda semana de diciembre se inició el período de exámenes. Yo tuve bastante suerte y de las cuatro asignaturas que estaba cursando solo hice examen de una, examen que, por cierto, fue igual de fácil que los dos anteriores. Además de eso, tuve que acabar el Research essay (que hice sobre el sistema de la seguridad social en EE. UU.), hacer un portafolio y un par de redacciones. La verdad es que, acostumbrada a los períodos de exámenes de la UJI, eso no fue nada.

El fin de semana siguiente era el último que íbamos a pasar los cuatro españoles juntos. Bea se iba el domingo y Mario el martes. Ese viernes Bea y yo dejamos nuestras respectivas residencias y nos mudamos al apartamento de nuestros compis (una vez más, nos "echaron" de las residencias, porque se ve que en el precio que habíamos pagado no entraban esos días ¬¬). El resto de estudiantes internacionales que vivían en la International House cogieron el primer bus del sábado. Eso sí, el viernes por la noche hicimos una minicena de despedida.



Ese finde lo aprovechamos, entre otras cosas, para recuperar las partidas al Risk y a los Colonos de Kamchatca (ya no sé ni cómo se llama, de tantos nombres que le pusimos) que nos habíamos perdido. Y, por supuesto, cumplimos lo que al poco de llegar "prometimos", nos pedimos "The Big One" del Fox's. ¡No he visto pizza más grande en mi vida! Y qué buena que estaba. Además, nos hizo de 2x1, la compramos un día y nos alimentamos dos.

El finde se pasó rápido y, cuando nos dimos cuenta, nos quedamos Juanan y yo solos. Y casi literalmente, porque la mayoría de estudiantes volvieron a sus casas (obviamente, poca gente vive en Alfred). Era martes y no nos íbamos a Nueva York hasta el lunes. Sin embargo, el que nos quedáramos solos no significó que nos aburriéramos. Hicimos pocas cosas, pero las que hicimos las disfrutamos, aunque en ese momento no nos diéramos cuenta.
Hicimos nuestra última compra en Walmart y Wegmans, en la que, como siempre, cargamos; visitamos un par de veces la Book Store para comprar los últimos recuerdos de la universidad; fuimos al banco a pedir que nos ayudaran a acabar con nuestra colección de monedas de 25 centavos (que pudimos acabar); vimos películas; fuimos a por las notas (que, por cierto, a mi me fueron muy bien: A, A, A y A-); dormimos (mucho); comimos (mucho); vimos nevar; jugamos al Risk con nuestro vecino Prosper; nos acabamos la mezcla de pancakes; vimos ciervos (como siempre de tres en tres); y, no podía faltar, nos hicimos las últimas fotos por el pueblo que había sido nuestra casa durante más de cuatro meses. En una de esas sesiones de fotos, quisimos hacer lo que un día dijimos y no hicimos: hacernos una foto en el campo de fútbol de la universidad en medio del logo. El problema era que estaba nevado, y no nevado de un poquito, sino nevado de casi un palmo de nieve. Challenge accepted. Fuimos al campo, buscamos el logo y lo destapamos. Estaríamos más de una hora quitando nieve, pero conseguimos lo que queríamos.

La semana se nos pasó volando, para nuestra sorpresa. Cuando quisimos darnos cuenta estábamos haciendo las maletas. Nos parecía ayer cuando decíamos "Nuestro último sábado en España, nuestro último domingo en España" y en ese momento era "nuestro último sábado en Alfred, nuestro último domingo en Alfred".

El domingo, para despedirnos como tocaba del Fox's, nos pedimos nuestro último Club Wedgie. Sin palabras. Por la noche nos preparamos un par de tortillas y de sándwiches y una lasaña para el camino y para nuestra llegada a Nueva York. El lunes por la mañana, bien temprano, bajamos por última vez las escaleras del apartamento, cogimos por última vez en bus, pasamos por última vez por Main Street; vi por última vez mi residencia a lo lejos, vimos por última vez la parada de panochas en la que paró el autobusero cuando vinimos por primera vez... Eran nuestros últimos momentos en Alfred, nuestros últimos días en Estados Unidos.


* Forever Charmed

jueves, 16 de diciembre de 2010

Viva Las Vegas!

Hace unos días os dejé con que a las 7:25 habíamos llegado al aeropuerto. Nuestra terminal era la 1 y, por primera vez desde que empezamos la carrera, tuvimos suerte y era la primera en la que paraba. Salimos pitando del autobús y no paramos hasta que llegamos al mostrador de Continental Airlines. Sofocaos nos pusimos a sacarnos el billete en las máquinas (los aeropuertos de aquí están llenos de máquinas de estas y ya no tienen la típica pantalla con el destino del vuelo que se está facturando), pero de los nervios no acertábamos las teclas, así que pedimos ayuda a los de detrás del mostrador (no sé cómo se llaman). Una de ellas nos intentaba tranquilizar con un "Tranquilos, aún tenéis tiempo". ¿Tranquilos? ¡Dame mi billete yaaaa!

Billete en mano, corrimos a pasar el control, que aquí se las trae, hasta las zapatillas te tienes que quitar. Una vez lo pasamos, ya nos quedamos más tranquilos. Buscamos la puerta y resultó que aún no habían empezado el embarque. Score! Ahora ya podemos decir que una vez llegamos al aeropuerto media hora antes de que saliera el avión y lo cogimos. Ya no hace falta pasar por esta mala situación nunca más [¡por favor!].


El vuelo fue muy corto; en menos de una hora ya estábamos en Las Vegas. Desde el avión se reconocía The Strip y varios de los hoteles más famosos. Incluso cuando el avión ya había aterrizado, desde él podíamos ver varios de los hoteles. Y ¿qué te encuentras en Las Vegas nada más salir del avión? ¡Máquinas tragaperras! Para que sepas dónde estás. Máquinas tragaperras por todos los sitios. No entré al baño del aeropuerto, pero me apuesto lo que sea a que tambíen había algunas.

Y ¿qué te encuentras en Las Vegas en la puerta del aeropuerto? ¡Limusinas! Pero se nos iba del presupuesto. Nosotros con un minibus que nos llevara al hotel teníamos bastante. El nuestro, el Circus Circus, estaba casi al final de la avenida (con respecto al aeropuerto). Nos instalamos en la habitación [creo que es la más grande en la que he estado], descansamos un poco y nos fuimos a descubrir nuestro hotelito. Solo diré ¡menudo hotel! ¿Habéis visto alguna vez un parque de atracciones dentro de un hotel? ¿No? Pues id al Circus Circus. Es increíble. Montones de tiendas, restaurantes, puestecitos y, por supuesto, un casino. Todo eso en el mismo hotel. Aunque eso era solo el principio de nuestros descubrimientos. Ese día nos fuimos a dormir relativamente pronto.

El día siguiente nos recorrimos toda la avenida. Bueno, casi toda. Salimos desde nuestro hotel y paramos en un centro comercial a desayunar y hacer un poco de shopping, que Macy's tiene rebajas muy interesantes. Después continuamos con nuestro paseo. Por el camino nos encontramos con el Treasure Island, el Venetian, el Mirage, el Caesars Palace, el Flamingo, el Bellagio, el Paris, el Monte Carlo, el New York New York, el MGM Grand, el Excalibur... llegamos hasta el Luxor. No os voy a describir todos los hoteles, porque esto se haría interminable. Solo os diré que la mayoría tienen reproducciones de los lugares que representan (el Venetian tiene la plaza, la torre, incluso los canales con sus góndolas y gondoleros; el Caesar's Palace tiene el Coliseo y la Fontana di Trevi, entre otras cosas; el Paris la Torre Eiffel y el Arco del Triunfo; el New York New York tiene los edificios más famosos de la ciudad; y así el resto de los hoteles). Volvimos al nuestro en el double-deker de The Strip (no estábamos para desandar el camino, que ya llevábamos unos cuantos días andando y los pies se resentían).

Como ya era habitual, cenamos, descansamos un poco y nos fuimos por ahí. Teníamos que montarnos en la montaña rusa del hotel sí o sí. Aunque fuéramos los únicos de la cola mayores de 16 años. Casi nos hacía más ilusión a nosotros que a ellos. La verdad es que para ser una montaña rusa dentro de un hotel, no está nada mal, tiene sus loopings y todo. De ahí, margarita "gigante" en mano (Las Vegas mola porque no te piden ni DNI ni nada para pedir bebidas, jugar...), nos fuimos al Bellagio, a ver el espectáculo de la fuente, que consiste en una coreografía de chorros de agua combinados con la música. Lo hacen por la noche, cada quince minutos y la canción cambia cada vez. Es precioso; un must si vas a Las Vegas.

Después de eso y de dar un par de vueltas más, nos volvimos al hotel, a dormir. Eso sí, antes pasamos por una ruleta, a perder unos pocos dólares y, ya de paso, a ver un espectáculo de acróbatas en "el techo" del casino.

Al día siguiente nos cambiamos de hotel. Se nos ocurrió la idea de que ¿por qué estar en un hotel solo, si podemos estar en dos? Teníamos una habitación reservada en el Luxor, y allá que nos fuimos. ¡OMG, qué hotel! ¡Es enorme! La habitación, que nos tocó en la parte de la pirámide, era grande y estaba decorada con motivos egipcios. Y las camas... ¡qué cómodas! Qué lujo y solo por 40 dólares la noche (entre 3).

Después de instalarnos y comer (en el McDonald's del hotel) nos fuimos a la famosa señal de Las Vegas. Para hacerse las fotos había que hacer cola y todo. Luego nos fuimos a uno de los outlet. Menos mal que íbamos mal de presupuesto, porque si no las tarjetas de crédito habrían temblado... mucho. Nos volvimos al hotel. Mario y yo teníamos intención de ir a pegar tiros (sí, tal cual) mientras Juanan jugaba un torneo de poker (que acabó ganando), pero los cajeros no estaban de nuestro lado y no quisieron darnos cash para el taxi. Bueno, otra vez será.

Descansamos un poco más (sí, no parábamos de descansar, pero no os imagináis cómo estábamos después de 4 días sin parar de andar) y cuando Juanan acabó el torneo, nos fuimos a por la cena. De ahí, a dar nuestra última vuelta por la ciudad, bueno, más bien por la avenida. La última parada de la noche, antes de volver al hotel, fue el MGM Grand. Nuestra aventura en la gran ciudad estaba llegando a su fin.

Dormimos un poco [¡qué lástima, con lo cómodas que eran las camas del Luxor!] y a las 5 de la mañana de pie, que nuestro vuelo salía a las 7. Esta vez no nos iba a faltar tiempo. El viaje de vuelta fue bien, sin incidentes. Hicimos escala en Cleveland y llegamos a Buffalo sobre las 5 de la tarde. Fuimos a coger el coche que teníamos reservado y aquí vino la última sorpresa del viaje. No nos iban a dar el coche que habíamos pedido. Tenían que devolver uno a Hornell (el pueblo de aquí al lado) y nosotros íbamos a ser los encargados de hacerles el favor. ¿Qué coche tenían que devolver? Pues nada en especial, un ¡Ford Mustang descapotable! Sí señor. O Enterprise es así con todos los clientes o somos los más afortunados del mundo a la hora de alquilar coches, porque siempre que hemos alquilado un coche nos han dado uno mejor y por el mismo precio.

Pues bien. El viaje en el Mustang transcurrió sin incidentes. Llegamos a Alfred sobre las 8 de la noche. Se acababa el que hacía unos meses habíamos bautizado como "EL VIAJE". Y sí, la verdad es que todo lo que nos pasó fue digno de ese título. Vimos un montón de cosas y nos lo pasamos muy bien. Valió la pena lo invertido.

Ahora ya nos queda poquito por aquí, en una semanita estaremos volando a España. No sé si escribiré algo antes de irme, si es así, lo sabréis. Hasta la próxima y ¡Viva Las Vegas!